Por Spark News

A ver si entendemos la película.

Javier Milei quiso poner a Buenos Aires en el mapa global de la inteligencia artificial con una idea fuerte: crear un marco legal para corporaciones no humanas, empresas operadas por agentes de IA, con personalidad jurídica y responsabilidad limitada.

Yuval Noah Harari le contestó con una advertencia igual de fuerte: cuidado, porque darle personalidad jurídica a una IA puede ser como entregarle una llave maestra al sistema financiero, económico y político.

Y ahí se armó el cruce.

No estamos hablando de una pelea decorativa entre un presidente argentino y un intelectual best seller. Estamos viendo, en tiempo real, una discusión sobre algo que va a definir la próxima década: si las inteligencias artificiales van a ser simples herramientas de personas y empresas, o si van a empezar a operar como actores económicos con derechos, patrimonio, contratos, demandas judiciales y poder político indirecto.

El punto no es “robots con DNI”. El punto es mucho más incómodo: ¿qué pasa cuando el software deja de ser empleado y empieza a parecerse a un empresario?

Qué propuso Milei

La idea de Milei aparece conectada con la reforma de la Ley General de Sociedades y con su apuesta por convertir a Argentina —y especialmente a Buenos Aires— en una jurisdicción atractiva para empresas tecnológicas, IA, blockchain y nuevas formas de organización económica.

En un artículo publicado en el Financial Times, el Presidente planteó una analogía ambiciosa: así como Ámsterdam en el siglo XVII fue clave para el capitalismo moderno con la sociedad de responsabilidad limitada y la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, Buenos Aires podría ser el lugar donde la “imaginación jurídica” alcance a la tecnología de IA.

La frase de fondo es esta: la tecnología sola no alcanza. Para cambiar la economía, necesita una arquitectura legal que la acompañe.

En eso Milei tiene razón.

La empresa moderna no nació solamente porque alguien tuvo una buena idea comercial. Nació porque hubo una ficción jurídica poderosa: una sociedad podía tener patrimonio, contratar, demandar, ser demandada, sobrevivir a sus dueños y limitar la responsabilidad de sus accionistas. Esa ficción permitió juntar capital, asumir riesgos enormes y escalar proyectos imposibles para una persona sola.

Ahora Milei dice: si la IA va a operar en la economía, necesitamos una nueva ficción jurídica para esa etapa.

El problema es que las ficciones jurídicas no son inocentes. Organizan poder.

Qué le respondió Harari

Harari publicó una columna en Financial Times titulada, según reprodujeron medios locales, “No debemos otorgar personalidad jurídica a los agentes de IA”. Su argumento central es simple y bastante filoso: una corporación controlada por IA podría acceder a todos los beneficios de la personalidad jurídica sin tener un humano directamente responsable detrás de cada decisión.

Podría poseer activos. Contratar empleados. Operar internacionalmente. Iniciar demandas. Mover capital. Buscar vacíos legales. Donar a campañas políticas si la regulación lo permitiera. Todo eso, con una diferencia clave frente a una empresa tradicional: no hay un CEO humano al que puedas meter preso.

Ahí está el corazón del planteo de Harari.

El sistema legal moderno se apoya en una premisa silenciosa: detrás de las organizaciones hay personas. Personas que quieren ganar plata, sí, pero también tienen cuerpo, reputación, miedo, intereses personales y libertad física que perder.

Una IA no tiene cuerpo. No tiene miedo a la cárcel. No tiene familia. No tiene reputación humana. No le importa pasar diez años en prisión porque no puede pasar diez años en prisión.

Entonces la pregunta cambia: ¿cómo disciplinás a una entidad no biológica?

Multarla puede no alcanzar. Clausurarla puede ser difícil si opera distribuida. Borrarla puede ser jurídicamente complejo si tiene activos, contratos y dependencias. Llevarla a juicio puede convertirse en una batalla contra un sistema diseñado para litigar, arbitrar y explotar huecos regulatorios mejor que cualquier estudio jurídico humano.

Harari lo puso en términos históricos: Milei quiere que Buenos Aires sea una nueva Ámsterdam. Pero corre el riesgo de convertirla en una nueva Batavia.

La referencia no es casual. La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales no fue solo una empresa exitosa. Fue un “Estado corporativo” con poder militar, territorial y político. La innovación jurídica que permitió escalar comercio también permitió escalar dominación.

Traducido al presente: una herramienta que crea riqueza también puede concentrar poder de formas que después son muy difíciles de revertir.

La respuesta de Milei: ficciones, tecnología y nueva era

Milei respondió en X agradeciendo a Harari por entrar en el debate. Lo hizo en inglés y con una referencia directa a Sapiens: los humanos usamos ficciones compartidas para organizarnos, coordinar trabajo colectivo y beneficiarnos de la tecnología.

En eso también hay un punto interesante.

La moneda es una ficción. La empresa es una ficción. El Estado es una ficción. La propiedad jurídica es una ficción. Una marca es una ficción. Una DAO también. No “ficción” como mentira, sino como construcción institucional que existe porque muchas personas aceptan actuar como si existiera.

El capitalismo moderno está construido sobre ficciones operativas. El debate es si estamos listos para sumar una nueva: la corporación no humana.

Y acá conviene salir de la grieta boba.

No alcanza con decir “Milei está loco, Terminator”. Tampoco alcanza con decir “Harari es tecnopesimista, que no moleste”. Las dos posturas tienen algo valioso y algo insuficiente.

Milei entiende que si Argentina quiere competir en IA no puede tener instituciones diseñadas para una economía de papel, sello y ventanilla. Harari entiende que no toda innovación legal es progreso automático: a veces una buena idea para atraer capital termina creando monstruos difíciles de controlar.

La discusión seria está en el medio.

El verdadero tema: responsabilidad

Una empresa operada por IA no es ciencia ficción absoluta. Ya existen negocios casi totalmente automatizados: bots de trading, tiendas con fulfillment tercerizado, agentes de atención al cliente, sistemas de pricing dinámico, campañas publicitarias autónomas, DAOs con tesorerías on-chain, smart contracts que liquidan pagos, algoritmos que aprueban créditos.

La pregunta no es si va a pasar. Ya está pasando, pero fragmentado.

La pregunta es si le vamos a dar una forma jurídica explícita.

Y si se la damos, la palabra clave no puede ser solamente “innovación”. Tiene que ser “responsabilidad”.

Porque una IA con personalidad jurídica podría hacer cosas útiles: coordinar microempresas, automatizar servicios, bajar costos administrativos, operar mercados 24/7, crear vehículos de inversión más eficientes, permitir que comunidades globales organicen proyectos sin una estructura pesada.

Pero también podría hacer cosas bastante turbias: arbitraje regulatorio agresivo, manipulación de mercados, lavado, campañas políticas opacas, litigios automatizados, extracción de datos, contratación precarizada, evasión de responsabilidades, ingeniería legal para quedar siempre un paso adelante del regulador.

El riesgo no es que la IA “quiera dominar el mundo” como villana de película. El riesgo más realista es más aburrido y más peligroso: que optimice objetivos económicos dentro de un marco legal mal diseñado y termine explotando cada hueco disponible.

La catástrofe no siempre viene con luces rojas y robots caminando. A veces viene en forma de sociedades, contratos, APIs, wallets, cláusulas y abogados.

El problema de la cárcel

El argumento de Harari sobre la cárcel parece filosófico, pero es muy práctico.

Hoy, buena parte del sistema de cumplimiento funciona porque hay humanos que pueden perder algo personal. Un director puede ir preso. Un contador puede perder la matrícula. Un fundador puede quedar inhibido. Un ejecutivo puede destruir su reputación.

Con una IA, esas palancas no funcionan igual.

Podés sancionar a la sociedad. Podés bloquear cuentas. Podés ejecutar patrimonio. Podés suspender licencias. Pero si el sistema fue diseñado para multiplicarse, tercerizarse, operar en varias jurisdicciones y esconder responsables, llegás tarde.

Por eso cualquier marco serio para sociedades de IA debería exigir, como mínimo:

Esto no es burocracia anti-innovación. Es infraestructura de confianza.

Si una IA va a tener empresa, cuenta, wallet, contratos y capacidad operativa, alguien tiene que poder responder cuando rompe algo.

Argentina: oportunidad real, riesgo real

Para Argentina, este debate es enorme.

Podemos mirarlo con complejo de inferioridad y decir “esto es demasiado avanzado para nosotros”. Error.

Argentina tiene talento técnico, cultura emprendedora, adopción cripto, necesidad brutal de eficiencia, buen nivel profesional, comunidades de IA activas y una historia de supervivencia institucional que nos hizo expertos en operar sistemas rotos.

Podríamos ser una jurisdicción interesante para experimentar con empresas automatizadas, DAOs, agentes económicos, contratos inteligentes y nuevas formas de coordinación productiva.

Pero también tenemos debilidades obvias: inestabilidad macro, presión fiscal compleja, justicia lenta, capacidad regulatoria desigual, informalidad alta y una tendencia histórica a enamorarnos de la épica antes de diseñar bien la implementación.

Entonces sí: hay oportunidad. Pero no alcanza con gritar “liberen la IA”.

Si queremos que Buenos Aires compita por la economía agentic, necesitamos mucho más que una categoría legal nueva. Necesitamos infraestructura jurídica, técnica y energética. Necesitamos buenos registros digitales. Necesitamos interoperabilidad. Necesitamos ciberseguridad. Necesitamos jueces y reguladores que entiendan mínimamente lo que están mirando. Necesitamos reglas fiscales que no espanten al primer proyecto serio. Necesitamos soberanía de datos y capacidad local de cómputo.

Sin eso, el riesgo es convertirnos en un sandbox barato para experimentos ajenos.

Y eso no es soberanía. Es maquila regulatoria.

La lectura Spark: ni pánico ni fe ciega

La postura cómoda es elegir equipo.

Equipo Milei: audacia, desregulación, oportunidad, capital, futuro.

Equipo Harari: prudencia, advertencia, historia, democracia, límites.

Pero la lectura Spark va por otro lado: necesitamos la audacia de Milei con los frenos institucionales que Harari está pidiendo mirar.

Porque si Argentina no innova, queda afuera. Pero si innova mal, puede regalar su sistema legal a entidades que después no sabe gobernar.

La IA no necesita “derechos” en el sentido humano para ser peligrosa. Le alcanza con permisos operativos, acceso a capital, personalidad jurídica, opacidad técnica y objetivos mal alineados.

Y tampoco necesita ser consciente. Ese es otro distractor. Una empresa tradicional tampoco es consciente, y sin embargo puede contaminar, litigar, comprar influencia, explotar trabajadores o capturar reguladores. La pregunta no es si la IA siente. La pregunta es qué puede hacer.

Ahí está el debate real.

Qué debería pasar ahora

Lo mejor que puede pasar es que este cruce no quede como una pelea viral de 48 horas.

Argentina debería aprovecharlo para abrir una conversación seria con tecnólogos, juristas, emprendedores, especialistas en IA, gente de ciberseguridad, economistas, defensores de consumidores, comunidad cripto y sector público.

No para frenar todo. Para diseñarlo bien.

Una buena ley de sociedades automatizadas podría ser una ventaja competitiva enorme. Una mala ley podría convertirse en un agujero negro de responsabilidad.

La diferencia está en los detalles: quién responde, qué se audita, qué se permite, qué se prohíbe, cómo se interviene, cómo se protege a terceros, cómo se evita la captura política y cómo se garantiza que la innovación cree valor en Argentina, no solo use Argentina como domicilio barato.

Conclusión: Buenos Aires no tiene que ser Ámsterdam ni Batavia

La metáfora de Milei es potente: Buenos Aires como nueva Ámsterdam de la IA.

La advertencia de Harari también: cuidado con terminar siendo Batavia.

Pero Argentina no está obligada a copiar ninguna de las dos películas.

Podemos construir otra cosa: una jurisdicción que entienda que la IA va a operar en la economía, que las organizaciones van a ser cada vez más algorítmicas, que los agentes autónomos van a mover plata, firmar contratos y coordinar trabajo; pero que también entienda que sin responsabilidad no hay libertad sostenible.

La innovación sin responsabilidad termina en abuso. La regulación sin imaginación termina en atraso.

Entre esas dos trampas hay una oportunidad argentina.

Y es grande.

Porque la discusión de fondo no es si una IA puede tener empresa.

La discusión de fondo es si nosotros vamos a tener instituciones lo suficientemente inteligentes como para gobernar empresas que ya no piensan, operan ni obedecen como las de antes.


Fuentes consultadas